25/6/10

Regresar

Creo que era Vila-Matas quien sugería que hay varias formas de volver y que la mejor de todas es, sin duda, no partir. También se podría decir lo contrario: que hay muchas maneras de quedarse, y que la mejor de todas, probablemente, sea regresar. Y es que cuando uno regresa a casa tras un largo período de tiempo, parece que no llega a regresar del todo. Hay algo que queda varado para siempre, a medio camino entre el lugar en el que se está y el lugar en el que se ha estado. Si uno lo piensa bien, toda partida es una pequeña pérdida. Una pérdida minúscula que, en cierto modo, adelanta esa gran pérdida a la que todos tememos. Toda despedida es una puesta en escena (por lo general, inconsciente) de la transitoriedad y fugacidad de la existencia. Decimos adiós porque sabemos de la posibilidad de no volver a encontrarnos. Toda nuestra vida está articulada en torno a la dialéctica presencia / ausencia, estar y no estar. Ya lo advirtió Freud al observar a su nieto jugar con una bobina de hilo que tiraba lejos para luego recuperarla: allí / aquí, lejos /cerca. La alegría del reencuentro trae siempre consigo la posibilidad de la pérdida. Por eso, en todo regreso hay un componente melancólico. Uno siempre vuelve con el rostro entristecido. No importa que se llegue al Paraíso, no importa que apenas se deje nada atrás, la melancolía nos viene a buscar, y se esconde tras los abrazos y las sonrisas. Todo volver, por tanto, es también un quedarse. Y todo reencuentro, en el fondo, no es sino la constatación de una pérdida irreparable.

Por cierto, regresé.

[Publicado en La Razón, 25/06/2010]

19/6/10

Bye, bye Williamstown

Este es el último post que escribo desde Williamstown. En unas horas dejaré este pueblecito perdido en las montañas y regresaré a mi Murcia querida. Es tiempo de hacer balance, y éste no puede sino ser positivo. Han sido unos meses de ensueño. La vida en la VSR (Visiting Scholar Residence) ha sido tranquila y apacible. Con los demás fellows casi se ha creado una familia. Wanda Corn y Larry Silver han hecho de padres, y a mí, el más joven del grupo, me ha tocado hacer de hijo pequeño. Una experiencia memorable, la verdad. Como también una experiencia increíble ha sido poder trabajar en este entorno privilegiado. He tenido los libros que he querido, todo lo que necesitaba, un asistente, un bibliotecario casi para mí solo, y toda una comunidad intelectual dispuesta a hacerme la vida lo más fácil y agradable posible. Vamos, el paraíso terrenal.

En este tiempo he recuperado el placer de la lectura y la investigación. Apenas he escrito, o he escrito mucho menos de lo que esperaba hacer. Han sido meses de lectura y reflexión. He leído por el placer de aprender, sin tener que dar cuenta inmediata de lo que estaba haciendo. Y he podido pensar con tranquilidad. Me vine con la intención de acabar un libro, y regreso con la idea de apenas haberlo empezado. Supongo que algún día lo finalizaré. Ahora no tengo prisa alguna. Aquí he disfrutado en el proceso, y pienso seguir haciéndolo.

Después de un periodo de mi vida en el que casi me había vaciado de escritura, necesitaba volver a recargar baterías. Leer, investigar, conocer, reflexionar. Y no escribir tanto. En este pueblo he descubierto al Bartleby que llevaba dentro y que no había dejado salir. He descubierto otra temporalidad, otra manera de afrontar las cosas, sin prisas, sin carreras, sin estrés, sin esa locura en la que he estado inmerso estos últimos años.

Sólo espero poder conservar esto a mi vuelta a Murcia. Lo intentaré por todos los medios. Procuraré llevar conmigo el Paraíso y la tranquilidad que aquí he recuperado, este tiempo pausado y pleno que me ha permitido retener y saborear, aunque haya sido brevemente, esta vida que desaparece en cada segundo.


Bye, bye Williamstown.

13/6/10

Cultura española

Ayer fue el día grande de España en Williamstown. En el Clark Art Institute, mi segunda casa, se inauguraron dos importantes exposiciones que tienen como protagonistas a artistas españoles. La primera de ellas, “Picasso Look at Degas”, muestra la relación entre el maestro malagueño y el impresionismo, especialmente el diálogo con Degas, cuyas bailarinas constituyeron una fuente de inspiración constante en los inicios del cubismo. La exposición es ciertamente espectacular, y ya ha recibido, antes de ser inaugurada, los parabienes de la crítica norteamericana. No menos espectacular (personalmente me interesa mucho más) es la exposición en torno a la figura de Juan Muñoz, uno de los escultores españoles contemporáneos más fascinantes. Aquí en el Clark sus figuras silentes y enigmáticas se exponen tanto en solitario como en diálogo con las piezas de la colección. Es realmente emocionante contemplar el hombre colgado que parece caer sobre la bailarina de Degas, o el grupo de figuras con tambor que entabla una conversación muda con un retrato de Goya. Un privilegio y una suerte haber coincidido con esto. Ayer aquí, aunque fuese por un momento, lo español estaba presente. Por supuesto, la gala de inauguración fue amenizada con baile y cante flamenco, y el menú estuvo compuesto por las típicas “tapas”. Lo que yo habría esperado es que, para ajustarse a la realidad del país, el célebre “corte de jamón” hubiese sido sustituido por el no menos célebre “recorte de salarios”.

[Publicado en La Razon, 11/06/10]

10/6/10

Efemérides

Hoy hace treinta y tres años que me trajeron a este mundo. Mi madre regresó, mi padre también. Yo sigo aquí. Y, si es posible, me gustaría quedarme algún tiempo más.

5/6/10

Memorial Day

El lunes pasado, 31 de mayo, se celebró aquí el Memorial Day, un día en el que se recuerda a los soldados americanos caídos en acto de servicio a su país. Originado en 1868 como recuerdo a los muertos de la Guerra Civil, después de la I Guerra Mundial se consolidó como un día para rendir tributo a los americanos fallecidos en todas las guerras. Hoy es una de las fechas centrales del calendario festivo. El país se paraliza, los pueblos se llenan de desfiles y fiestas de recuerdo, y a las tres de la tarde los ciudadanos bajan un momento la cabeza y recuerdan a aquellos que han sacrificado su vida. No sólo las madres lloran a sus hijos, sino que, por un momento, el pueblo entero se convierte en familia y todo el país hace memoria. Observar el sentimiento real de los ciudadanos americanos por estos “hijos de la patria” es una experiencia emocionante que la salta a uno las lágrimas.

Sin embargo, junto a ese recuerdo sincero, también es necesario observar, la presencia en estos actos de una afirmación de un belicismo heroico y una concepción del mundo como un lugar en lucha continua entre buenos y malos. Y sobre todo un sentido de la justicia universal donde Estados Unidos tiene la tarea mítica de salvar a la tierra de sus tiranos. Sus víctimas son, entonces, héroes que merecen el recuerdo. El enemigo es un villano que debe quedar en el olvido. Desde luego, las cosas son mucho más complejas. Es necesario recordar, pero hay que buscar un recuerdo más allá de lo heroico y lo épico, un recuerdo que dé cuenta del sinsentido de la violencia y de lo absurdo de morir y matar. Quizá sea éste el recuerdo más terrible.